viernes, octubre 29, 2004

INTERNACIONAL: La soledad de la Superpotencia (Bea Hernández)

Tras su victoria en la guerra fría, Estados Unids alcanzó el cénit de su liderazgo mundial. Sin embargo, los atentados del 11-S provocaron un giro de su política exterior que, sobre todo tras la intervención en Irak, ha desatado una ola de contestación global. La amenaza terrorista de Al Qaeda parece menor comparada con la crisis de legitimidad y el distanciamiento de sus aliados que sufre la única superpotencia.

Estados Unidos domina el escenario mundial al comienzo del siglo XXI con una omnipresencia nunca antes conocida. Desde su triunfo en la guerra fría, el poder norteamericano se vio militarmente fortalecido en la primera guerra del Golfo y en los Balcanes, económicamente revalidado por su liderazgo en la revolución de las nuevas tecnologías de la información y políticamente ratificado con el reconocimiento casi universal de los valores de libertad y democracia que esa nación representa. Jamás en la historia una sola nación había gozado de semejante predominio, y nunca los propios Estados Unidos habían ejercido su supremacía sin la sombra de otra potencia de similares proporciones.
Las Fuerzas Armadas norteamericanas tienen un presupuesto superior al de la suma de los 15 siguientes mayores ejércitos del mundo, y aun así esa cantidad representa menos del 4% de su producto interior bruto. La economía norteamericana concentra actualmente el 29% de la producción mundial y su tamaño es mayor que la combinación de las tres siguientes potencias económicas: Japón, Alemania y el Reino Unido. Estado Unidos ejerce, políticamente, una autoridad indiscutible en los principales organismos internacionales, sus intereses se imponen habitualmente con sólo débil resistencia y su influencia es decisiva en los pequeños y los grandes conflictos en los cinco continentes.
En el cénit de su dominio,Estados Unidos vive, no obstante, como la gran paradoja que describe Joseph S.Nye, la época de mayor inseguridad para su población y de mayor contestación a su liderazgo en el mundo. Esta contradicción se ha mostrado con total nitidez tras los atentados del 11 de Septiembre y la reacción posterior del país agredido.
El 11-S no fue el primer ataque contra objetivos norteamericanos de parte del terrorismo islámico, pero sí el que alertó a Estados Unidos sobre su vulnerabilidad y el que provocó el mayor giro de la política exterior dado por una Administración norteamericana desde la II Guerra Mundial. Puede resultar prematuro todavía analizar a fondo los efectos que el 11-S tuvo sobre el predominio mundial de Estados Unidos. Para muchos analistas se trató del inicio de una tercera guerra mundial desencadenada por el extremismo islámico. Si es así, esa guerra, obviamente, se está librando todavía y será necesario esperar para comprobar sus consecuencias últimas.
Pero algunas secuelas muy importantes del 11-S fueron evidentes desde el principio y marcaron de forma decisiva el papel de Estados Unidos como superpotencia. El sentimiento de inseguridad masivamente extendido entre los ciudadanos norteamericanos obligó, en el plano interno, a adoptar una serie de medidas de autoprotección que recortaron las libertades individuales, pusieron límites al Estado de derecho y perjudicaron la imagen internacional del país.
En el área de la política exterior, el 11-S fue sucedido por una inmediata guerra en Afganistán, donde estaba localizada la base de los que habían planificado y ejecutado la agresión, Osama Bin Laden y la organización Al Qaeda. Pero, sobre todo, dio lugar a la elaboración de una nueva estrategia de seguridad nacional sobre la que se justificó la posterior guerra de Irak.
Esa estrategia define como nuevos enemigos a aquellos países, fuera del área de influencia norteamericana, que poseen o tienen intención de poseer armas nucleares, químicas o biológicas, y recomienda acciones preventivas contra ellos a fin de evitar que esos arsenales caigan en manos de organizaciones terroristas.
La Administración del presidente Bush asumió por completo esa estrategia y comenzó a ponerla en práctica en Irak, con la oposición de los demás miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU - menos el Reino Unido- y de una gran parte de la comunidad internacional, que consideraron que esa guerra era prematura y contraria a la legalidad.
Existe un debate abierto, dentro y fuera de Estados Unidos, sobre si el giro de su política de seguridad, incluso el ataque a Irak, no estaba decidido antes del 11 de septiembre. Para quienes defienden que sí, los ataques de Al Qaeda son la justificación que esperaban los llamados neoconservadores instalados en Washington para impulsar su proyecto de imponer por la fuerza una presencia dominante norteamericana en áreas vitales para la seguridad de Estados Unidos, como es Oriente Próximo.
Los contrarios a esa teoría recuerdan que, hasta muy poco antes del 11-S, el presidente Bush estaba hablando del papel prioritario de la política interior en su proyecto de gobierno,k y la mayoría de los estudiosos norteamericanos alertaban, cuando las Torres Gemelas estaban todavía en pie, sobre el inicio de una era de nuevo aislacionismo norteamericano.
El intenso debate actual sobre la política de fuerza de la actual Administración norteamericana pasa en ocasiones por alto la propia naturaleza de los autores del 11-S, sus intenciones y los apoyos internacionales con los que cuenta. El ataque de Al Qaeda contra Estados Unidos no fue un acto aislado y desesperado,sino una acción meticulosamente planificada dentro de una complicada estrategia cuyo objetivo es extender su concepción del islam. Estados Unidos no fue escogido como blanco únicamente por se la mayor potencia sobre la Tierra y por la orientación de su política exterior, sino también por ser el líder de un mundo de libertad y tolerancia al que el ciego fanatismo religioso identifica con el reino de los peores demonios. Alentadas por la espectacularidad de los ataques contra dos de los símbolos del poder occidental ,organizaciones conectadas o inspiradas en Al Qaeda proliferan en distintas áreas del mundo dnado lugar a una red terrorista que en estos momentos representa, sin duda, el mayor desafío al que tiene que enfrentarse Estados Unidos.
Pese a todo, la amenaza que esa red terrorista significa para la supervivencia de Norteamérica como única superpotencia es, probablemente, menor que la que representa el distanciamiento, cuando no ruptura, que se ha producido entre Estados Unidos y otros Gobiernos y pueblos que antes le eran propicios.
La intervención en Irak y el impulso general tomado por la política exterior de la Administración bush han desatado una oleada de contestación, no sólo entre viejos aliados europeos, sino también en vitales centros de influencia norteamericana en Asia, AMérica Latina y África.
Artículo de Antonio Caño para el País.