martes, noviembre 23, 2004

INTERNACIONAL: LA LARGA MARCHA CHINA POR CONQUISTAR EL SIGLO XXI (2a parte) (Bea Hernández)

A cotinuación, y en relación a la otra pieza publicada sobre China, destacamos un artículo publicado por Isabel Hilton para el diario El País que se centra más en la parte política y no tanto en la económica, como el anterior.
DEMOCRACIA Y PARTIDO EN CHINA
En una reciente visita a EEUU, el primer ministro chino, Wen Jiabao, respondi´o a la pregunta de un reportero sobre la democracia con la afirmación de que es la aspiración del Gobierno chino, pero todavía es demasiado pronto. “China es un país muy grande, y nuestro desarrollo económico, muy irregular. Para empezar, considero que el nivel educativo de la población no es lo suficientemente alto”, declaró.
Las respuestas de Wen dan pie a numerosas preguntas. Primero, ¿es cierto que después de más de 50 años de poder incontestable, el partido comunista ha sido incapaz, como él afirma, de educar a su población hasta el nivel mínimo necesario para comprender el proceso de unos comicios? De ser así, quizás haya llegado el momento de que el partido se retire para dejar paso a otros que den a la educación la prioridad que se merece. La segunda pregunta que se plantea es que si los factores que él menciona suponen obstáculos insuperables para la práctica de la democracia en China, ¿porqué no sucede lo mismo en India?
India tamibén es un país muy extenso. India también tiene un desarrollo irregular: ciudades como Mombai forman parte de la red comercial internacional del siglo XXI, mientras que Estados como Bihar siguen estancados en la pobreza rural de AISA. Sin embargo, a lo largo del mismo medio siglo en el que China no ha logrado esbozar un gesto mínimamente convincente hacia la democracia, India ha celebrado elecciones periódicas a todos los niveles del Gobierno.
A pesar de diversas guerras y emergencias nacionales en ese medio siglo, la democracia india ha sobrevivido. A principios de este año, el electorado indio asestó un sorprendente revés al Gobierno nacionalista de derechas encabezado por el BJP al devolver al Partido del Congreso al poder. Ahora, en lugar de un primer ministro nacionalista hindú, India es gobernada por un sij, pro primera vez en la historia del país. De hecho, el grupo de votantes responsable de este extraordinario vuelco en la política india no fueron los sofisticados ciudadanos de Calcuta o Nueva Delhi, sino los millones de campesinos pobres que se sentían abandonados por el BJP y que manifestaron su descontento. En otras palabras, se trata precisamente del sector de la población al que Wen Jiabao no considera que deba confiársele una democracia.
El destino de los agricultores chinos no podría ser más distinto. Durante más de 50 años, los sucesivos Gobiernos han estado robándoles: primero lo hizo Mao para financiar la industrialización, y luego, Den Xiaoping y Jiang Zemin para financiar la modernización de los años 80 y 90. Un corrupto e irresponsable partido comunista se apropió de los ahorros de los campesinos y los invirtió desconsideradamente en proyectos para su propio enriquecimiento. Millones de agricultores siguen pagando inicuos impuestos por el mero capricho de burócratas de la región que ejercen un control total sobre su insignificante reino y tienen en sus manos el poder sobre la vida y la muerte.
Obviamente, en China no puede echar del poder a sus perseguidores. De hecho, se cuentan por millares las víctimas de estas tiranía locales que viajan cada año a la capital para tratar de exponer sus peticiones a los líderes del partido (como solían hacer para entrevistarse con el emperador), con la idea equivocada de que los emperadores de hoy en día les traerán justicia. En una reciente redada por las calles de Pekín, 40.000solicitantes fueron detenidos y devueltos a casa, con sus casos sin resolver.
La afirmación de Wen Jiabao sobre el deseo de la cúpula del partido comunista de instaurar la democracia en China sería más convincente si el partido no reprimiera cualquier intento del país por avanzar en dirección a la democracia, y si no insistiera en que todas las organizaciones sociales, desde iglesias hasta sindicatos, deber estar bajo su control. Si, por ejemplo, se permitiera a los trabajadores formar sus propios sindicatos y elegir a sus líderes, no sólo podrían luchar contra la explotación que sufren actualmente en las fábricas, sino que gozarían también de una valiosa experiencia en el ejercicio de la democracia. Pero el partido se ha pasado cinco décadas anulando a la sociedad civil china y no da muestras de ceder. Aquellos que tratan de defender los derechos civiles en los tribunales o en la prensa se arriesgan a ser detenidos.
Lo irónico es que si el partido atenuara su acoso y aceptara que hubiera un oposición, sus opciones de supervivencia a largo plazo no podrían sino mejorar. El coste del control férreo de la vida política en China aumenta a diario. Para asegurarse de no tener oposición, el partido debe movilizar a un amplio equipo de seguridad interna que realiza todo tipo de tareas, desde pinchar teléfonos particulares hasta intentar, sin éxito, censurar Internet. Sin democracia, la corrupción, que el propio partido reconoce como su mayor problema, nunca será reprimida, y sin libertades y garantías políticas, es improbable que pueda sustentarse el crecimiento económico de China. Tras la revolución de 1912, en China funcionó una democracia, aunque por desgracia sólo fuera durante un breve periodo de tiempo. Ahora, el problema no es que sea demasiado pronto para la democracia en China, como sostiene Wen Jibao, sino que, al menos para el partido comunista, puede que sea demasiado tarde.
En una reciente visita a EEUU, el primer ministro chino, Wen Jiabao, respondi´o a la pregunta de un reportero sobre la democracia con la afirmación de que es la aspiración del Gobierno chino, pero todavía es demasiado pronto. “China es un país muy grande, y nuestro desarrollo económico, muy irregular. Para empezar, considero que el nivel educativo de la población no es lo suficientemente alto”, declaró.
Las respuestas de Wen dan pie a numerosas preguntas. Primero, ¿es cierto que después de más de 50 años de poder incontestable, el partido comunista ha sido incapaz, como él afirma, de educar a su población hasta el nivel mínimo necesario para comprender el proceso de unos comicios? De ser así, quizás haya llegado el momento de que el partido se retire para dejar paso a otros que den a la educación la prioridad que se merece. La segunda pregunta que se plantea es que si los factores que él menciona suponen obstáculos insuperables para la práctica de la democracia en China, ¿porqué no sucede lo mismo en India?
India tamibén es un país muy extenso. India también tiene un desarrollo irregular: ciudades como Mombai forman parte de la red comercial internacional del siglo XXI, mientras que Estados como Bihar siguen estancados en la pobreza rural de AISA. Sin embargo, a lo largo del mismo medio siglo en el que China no ha logrado esbozar un gesto mínimamente convincente hacia la democracia, India ha celebrado elecciones periódicas a todos los niveles del Gobierno.
A pesar de diversas guerras y emergencias nacionales en ese medio siglo, la democracia india ha sobrevivido. A principios de este año, el electorado indio asestó un sorprendente revés al Gobierno nacionalista de derechas encabezado por el BJP al devolver al Partido del Congreso al poder. Ahora, en lugar de un primer ministro nacionalista hindú, India es gobernada por un sij, pro primera vez en la historia del país. De hecho, el grupo de votantes responsable de este extraordinario vuelco en la política india no fueron los sofisticados ciudadanos de Calcuta o Nueva Delhi, sino los millones de campesinos pobres que se sentían abandonados por el BJP y que manifestaron su descontento. En otras palabras, se trata precisamente del sector de la población al que Wen Jiabao no considera que deba confiársele una democracia.
El destino de los agricultores chinos no podría ser más distinto. Durante más de 50 años, los sucesivos Gobiernos han estado robándoles: primero lo hizo Mao para financiar la industrialización, y luego, Den Xiaoping y Jiang Zemin para financiar la modernización de los años 80 y 90. Un corrupto e irresponsable partido comunista se apropió de los ahorros de los campesinos y los invirtió desconsideradamente en proyectos para su propio enriquecimiento. Millones de agricultores siguen pagando inicuos impuestos por el mero capricho de burócratas de la región que ejercen un control total sobre su insignificante reino y tienen en sus manos el poder sobre la vida y la muerte.
Obviamente, en China no puede echar del poder a sus perseguidores. De hecho, se cuentan por millares las víctimas de estas tiranía locales que viajan cada año a la capital para tratar de exponer sus peticiones a los líderes del partido (como solían hacer para entrevistarse con el emperador), con la idea equivocada de que los emperadores de hoy en día les traerán justicia. En una reciente redada por las calles de Pekín, 40.000solicitantes fueron detenidos y devueltos a casa, con sus casos sin resolver.
La afirmación de Wen Jiabao sobre el deseo de la cúpula del partido comunista de instaurar la democracia en China sería más convincente si el partido no reprimiera cualquier intento del país por avanzar en dirección a la democracia, y si no insistiera en que todas las organizaciones sociales, desde iglesias hasta sindicatos, deber estar bajo su control. Si, por ejemplo, se permitiera a los trabajadores formar sus propios sindicatos y elegir a sus líderes, no sólo podrían luchar contra la explotación que sufren actualmente en las fábricas, sino que gozarían también de una valiosa experiencia en el ejercicio de la democracia. Pero el partido se ha pasado cinco décadas anulando a la sociedad civil china y no da muestras de ceder. Aquellos que tratan de defender los derechos civiles en los tribunales o en la prensa se arriesgan a ser detenidos.
Lo irónico es que si el partido atenuara su acoso y aceptara que hubiera un oposición, sus opciones de supervivencia a largo plazo no podrían sino mejorar. El coste del control férreo de la vida política en China aumenta a diario. Para asegurarse de no tener oposición, el partido debe movilizar a un amplio equipo de seguridad interna que realiza todo tipo de tareas, desde pinchar teléfonos particulares hasta intentar, sin éxito, censurar Internet. Sin democracia, la corrupción, que el propio partido reconoce como su mayor problema, nunca será reprimida, y sin libertades y garantías políticas, es improbable que pueda sustentarse el crecimiento económico de China. Tras la revolución de 1912, en China funcionó una democracia, aunque por desgracia sólo fuera durante un breve periodo de tiempo. Ahora, el problema no es que sea demasiado pronto para la democracia en China, como sostiene Wen Jibao, sino que, al menos para el partido comunista, puede que sea demasiado tarde.